Montañas verdes
Tantos
miedos nos acorralan y nos envuelven, miedos que incluso a veces nos dejan inmóvil. Miedos que enferman y
miedos que son inexplicables. Desde pequeños nos inyectan el miedo, y de
grandes se refuerzan. Miedo a no tener qué comer, a la soledad, a dejar ir, a
la dependencia, a lo que podría pasar o que nunca va a pasar, a lo que pasó, a
lo que no puedo controlar.
Cada
vez que vamos caminando por dónde tanto soñamos.... Bum! aparece un nuevo
miedo. Cómo enfrentarlo? Dicen que algunos miedos son necesarios para no morir,
pero... ¿cómo los diferenciamos, de otros que, en lugar de miedo, les podríamos
llamar entusiasmo.
Pero
todo esto ya no importa, ahora solo me pregunto: ¿Quién será el próximo? Quedamos
pocas personas aquí... Hace muchos años llegué y este pueblo estaba lleno de
familias que contaban grandes historias sobre cómo las personas se divertían y
vivían en paz y armonía. Hasta que un día, poco a poco, nos fuimos elevando. Los
primeros no tuvieron suerte, fue tan inesperado que salieron volando y no hubo
nada que los sostuvieran. En mi caso, ya habían pasado 17 lunas desde que el
fenómeno había ocurrido, con una gran soga me até, pensé que era suficiente,
pero solo me alcanza para estar dentro de la casa...
No
sé cuándo nos acostumbramos a dormir en los techos. Ya no queda nadie en las
calles, solo algunos animales que han logrado sobrevivir sin que los
alimentemos.
El
otro día pude escuchar cómo Delfina (que vivía a cinco casas de Aurelio) le
gritaba diciéndole lo mucho que extraña que estuvieran juntos. Después de unas
horas lo único que pude ver sobre el horizonte fueron sus siluetas que volaban
por el aire, sin destino alguno.
Espero
que puedan llegar a algún lugar dónde puedan vivir nuevamente (aunque nunca
igual) las emociones que alguna vez vivimos.
Ahora
solo quedamos mi oveja negra y yo.


Comentarios
Publicar un comentario