Pájaros de tendedero
Tan pronto como el sol despertó, Marlene saltó de su cama y se vistió tan rápido como sus brazos regordetes lo permitían. Había dejado de trabajar hace 7 meses, aunque se había jubilado hacía 3 años. Trabajó desde que tuvo 17, sin parar. Su hijo no tardó en llegar y con un padre ausente, el niño se convirtió en su razón para seguir. Con su energía explosiva, no sabía perder el tiempo y se movía de un lado a otro como una pequeña canica rodando cuesta abajo. Tendió su cama con un solo movimiento, habilidad aprendida en sus tantos años de empleada doméstica, y salió a las escaleras del último piso para encontrarse con las demás jubiladas del condominio.
Disfrutaba hablar con sus nuevas amigas. Era un grupo selecto. Desde que se volvió parte de ese club, su primer objetivo era averiguar obra, pasión y vida de los santos que vivían en el condominucho. Su personalidad cálida y vivaracha le ayudaba, verla daban ganas de soltar la lengua. El segundo objetivo era contar lo aprendido y así ser más popular en el grupo.
La última víctima de sus lenguas fue la joven que vivía en el octavo. Marlene había averiguado, de boca del arrendatario, que el último piso no era ‘”una suite”, de hecho era un par de cuartitos arreglados para que entre una cocina, un dormitorio y una salita. Cien dolaritos extra no le caían mal a nadie. El baño estaba afuera, al otro lado de la terraza, pero solo el habitante de la suite tendría la llave.
El desfile del club era hermoso, a su manera: aves con el mejor tocado preparadas para destrozar a picotazos inmisericordes a la presa de temporada. Plumas de colores volaban por el aire cuando había el desmembramiento.
Lo que había averiguado el grupo era que la joven del octavo era del Carchi, que había venido en busca de un trabajo y de una independencia no acostumbrada en la sociedad, no para una mujer sola. Buscaba el gastado sueño de Capital. Aunque estaba madurita para conseguir un marido, era bonita; “¿no han oído el dicho de que gallina vieja da buen caldo?”; “entonces la Rosa ya hubiera conseguido un marido rico y… millonario”. Hubo un estuendo total de carcajadas.
Antes de que las respetables adultas mayores pudieran seguir, la joven salió arreglada para su trabajo. Solo pidió un humilde “permiso”, porque el grupo estaba sentado en la entrada de su cuarto. Las cacatúas ahogaban sus risas malévolas, solo movieron a un lado sus cuerpos grandes e hinchados por la edad.
Así, transcurrió la mañana, entre escándalo y comentarios mordaces, y la joven, entre otros, terminó destrozada. Así, transcurrió la semana y la joven, entre otros, terminó desvestida. El sábado y domingo, las lenguas descansaban. Utilizaban ese tiempo libre para obtener más información vital.
Era lunes otra vez, la ciudad repetía su rutina semanal. Marlene estaba lista para dar su salto olímpico. Llegó al lugar de reunión, con el meneadito que combinaba con sus kilos de más. Había averiguado que le convertiría en reina esa semana: la joven tenía un novio, mayor, seguro estaba casado. Pero ese día la joven no apareció.
Era martes y no apareció. Miércoles y no pidió su tímido y reprochador “permiso” antes de ir a trabajar. El jueves, quisieron averiguar qué pasaba. El colorido grupo decidió emprender una misión suicida para entrar al cuarto de soltera y averiguar el paradero de la joven. La puerta, cerrada. Una graznó que había visto una ventana a un lado del cuarto. Las 7 trotaron en fila hacia la ventana. Era un rectángulo cerca del techo. Una segunda jaló una pequeña caja de madera que encontró por ahí. Intentó asomarse, pero su humanidad no alcanzaba a la ventana. Marlene se acordó que en casa tenía una pequeña escalera, así que corrió con sus pies pigmeos.
Entró más rápido que una ráfaga. Su hijo Jaime estaba en casa. Lo sacó del refrigerador, agarró su muñeca y corrió. Con la boca llena de queso, el glotón no pudo ni preguntar qué pasaba, cuál era la emergencia. Marlene, entre jadeos y palabras ahogadas logró explicar qué “ventana… alta… vos… ver… chica… ocho”. Cuando llegaron al octavo, el peinado de Marlene se desplomó. Jaime pidió espacio, arrastró la caja de madera antes usada. Esa pequeña ventana no mostraba lo suficiente.
—Señoras, ustedes sí que son el colmo. Cómo molestan a esta chica que nada les ha hecho. Déjenle en paz.
Su madre, que ya había recobrado el aliento pero que aún era abanicada por una de las señoras (una que no había aportado con información importante y que esa semana estaría hasta abajo en la cadena alimenticia), explicó la repentina desaparición de la víctima, por lo tanto descubrir algo era de suma importancia.
Jaime volvió a subir a la caja y, con ese antecedente en mente, creyó que la chica necesitaba asistencia. Fue cuando advirtió una ventana un poco más grande al otro lado del cuarto, decidió ir por ella, romperla y entrar. Arrastró la caja, seguido por las señoras que corrían con pasos cortos, en fila, su madre, a la cabeza, marcaba el ritmo. Se envolvió la mano con un trapo que alguna señora agarró del tendero de la terraza y dio un par de golpes al vidrio.
—Vigilen, voy a entrar.
Era una mala película de acción y drama. Las señoras contuvieron la respiración ante la actitud varonil del héroe. Corrió la cortina y entró. Los vidrios rotos no fueron un problema. Entró con cuidado. El olor era a podrido, era obvio que la refri se había desconectado y lo de adentro se dañó. Un charco amarillento decoraba el piso de la cocina. Jaime esquivó el agua del piso y siguió caminando en puntillas.
Fue monstruoso. Estaba muerta, nadie vivo podía verse tan así: tan hinchada, tan chorreada, tan blanca y morada a la vez. Jaime gritó, caminó en reversa y cayó en un precipicio infinito donde el horror manchaba las paredes. Llegaron los bomberos, rompieron la puerta. La joven había estado muerta los últimos 3 o 4 días. Las hipótesis fueron varias. La verdad era incierta.
Las cacatúas decían que fue suicidio, lo más seguro: mal de amores. Los Bomberos explicaron que fue asfixia por CO2. La joven había intentado calentarse tal vez, y había puesto a quemar unos palitos en este pequeño brasero, lo dejó cerca de la puerta para sacar el humo del cuarto, pero se quedó dormida; la otra hipótesis es que -no está asociada a brujería, señoras, ya les dije- prendió Palo Santo para limpiar las malas energías del ambiente, práctica común en este país.
Jaime no volvió a hablar más.
Irene Carrillo

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