Gael, vuela alto


El llamado de las alas había comenzado dos años antes de lo que los Antiguos habían predicho. Normalmente, los 27 era la edad en que las alas comenzaban a alborotar en los miembros de la Tribu de los Volanderos de las Tierras del Centro.

Gael solo tenía 25 años cuando sintió la comezón anunciada en los omóplatos. Pretendió ignorarla, pero no era sencillo esconder el crecimiento de dos alas gigantes bajo su camisa. 

Sentía que no estaba listo para el rito de paso. Cada mañana, se miraba al espejo e intentaba entender cuál era la imperiosa necesidad de entregarse al Concejo de los Volanderos. Suspiraba, harto. No quería la ceremonia y no quería cumplir con lo planeado para él.

Se despertó la mañana de la Auditoría Ceremoniosa, muy temprano, le ganó el día al sol. Se miró en el espejo de su cuarto, peinó bien las alas grandes y relucientes. Tardaron una semana en nacer: gigantes, blancas, inocultables. Estaba listo. 

Alzó vuelo y se perdió en las nubes hambrientas de novatos. Se fue sin bendición de los antiguos, sin rumbo, sin control de velocidad; se fue sin que nadie esperara su regreso. Se fue.

Volar alrededor del mundo, aprender en cada viaje, volverse contemplativo, hacer su voto de silencio, ser servicial y entregarse a la auténtica búsqueda del ser, ¡Carajo, estaba bien cómo estaba!

Irene Carrillo

ilustración de Róber

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