Anécdota de un recuerdo

  Uno de los momentos de mi vida que atesoro con gran cariño y recelo se encuentra guardado dentro de un cofrecito color bronce con lindas decoraciones rebuscadas de laureles y otras bellas hojas cuyo nombre desconozco, una elaborada cerradura, de las que solo se abren con grandes llaves antiguas de metal pesado, con diseños de animales salvajes mezclados con líneas de un excéntrico naturalismo, justo así se ve mi cajita, con su cerradura.

En un principio no entendía por qué tan lindos recuerdos deberían de estar cerrados bajo llave. Pero fue un día en el año que tenía 13 años cuando por fin se develó el misterio. Recuerdo que ese día andaba como muchos otros con mi mamá, mi persona favorita en el mundo a esa corta edad, a pesar de estar en la edad que la mayoría de los padres describe como la época de la gran rebelión de los hijos, pues yo, rebelde o no, siempre andaba con mi mamá y ese día, después de haber andado haciendo el super -así se le dice en el norte de México a ir a un supermercado a comprar la despensa- y a otras paradas en donde adquirimos otras necesidades, sin estarlo buscando nos topamos con un nuevo negocio, que según nos comentó el dueño cuando paramos a investigar, que tenía pocos días de haber abierto.

Hacía mucho calor, como hace el 90% del tiempo en Cd. Victoria, la pequeña capital del estado de Tamaulipas, así que la idea de comer algo frío era una excelente opción. Para nuestra suerte, este negocio consistía en venta de paletas de hielo y leche y nieves del bajío, de barril o ahora muy modernamente llamadas artesanales -así se les conoce a un estilo muy peculiar de helados realizados manualmente en grandes cubetas de madera o barriles, mezclando frutas naturales con agua o leche, según el sabor deseado- tipo de helado, que cabe mencionar, tenía muchos años de no haber comido, porque para molestia de mi mamá, mi paladar es muy remilgoso y de estos helados solo comía sabor plátano, sabor que este día descubriría que tenía desde los cinco años sin comer.

Platicando amenamente con el muy alegre señor que atendía ese día, mientras nos presumía la gran variedad de sabores que ofrecía por apertura, que nadie más en Cd. Victoria vendía, de su listado. Con la mentalidad negativa que una niña de trece años suele tener, ya estaba reconciliando la idea de pedir una paleta de agua sabor melón o fresa, mientras el señor seguía balbuceando alegremente los distintos sabores con mi mamá, hasta que una palabra llamó mi atención: plátano.

 Wow, por fin alguien vendía este tipo de helado, sabor plátano, definitivamente era mi día de suerte. Sin importar si estaría bueno o no, pedí el tamaño más grande, porque a los trece años, te das cuenta que hay cosas que se pueden acabar y no volver a ti jamás, por más que mi mamá me dijo que era mucho y no habíamos comido, no importaba, por fin había de plátano y lo quería todo, como para asegurarme que el sabor me durara otros muchos años en el recuerdo por si volvían a desaparecer de mi alcance.

Pero nada, absolutamente nada, me hubiera preparado para lo que continuaría después de que me entregaron mi gran vaso de helado de plátano. Con una gran sonrisa en mi boca, y una cucharita de plástico, le di el primer bocado al dichoso helado, la explosión de éxtasis que sufrieron mis papilas gustativas, no se comparan con la avalancha de memorias a la que fue sometido mi cerebro, cuando ese sabor en mi paladar hizo aparecer la llave a la cajita de mis recuerdos y se abrió para soltar esta ola gigante de emociones ligadas a estos recuerdos.

            Lo primero que vi, fue una escuela muy colorida, con grandes espacios abiertos, juegos de metal, columpios, resbaladillas y un armazón de metal en forma de caparazón de una tortuga, en brillantes colores rojos, azules, naranjas, verdes, grandes árboles rodeando tanto la escuela como el área de los juegos, la escuela con forma cuadrada en donde varios edificios circundaban un área central pavimentada, sin techo, que lo protegiera de los fuertes soles de medio día que teníamos, como mencioné antes, la mayor parte del año, o los fríos intensos del resto de ese tiempo, los salones tenían una banqueta que los rodeaba, un escalón más altos que el patio central, cada salón con grandes ventanas que proporcionaban mucha iluminación natural y decorados con muchos personajes alegres, figuras geométricas de vivos colores, números y letras en distintas partes, fotografías de todos los integrantes del salón con sus nombres en grandes letras a lado y la fecha de nuestro cumpleaños, era definitivamente mi salón de kinder, mesas pequeñas cuadradas en donde se compartía ese espacio con otros tres compañeritos, de los cuales, después me contaría mi mamá al platicar sobre este recuerdo a mis cuarenta y tantos años de edad, que a esa corta edad de cinco años, tuve mi primer enamoramiento, un niño, mi mejor amigo, de ojos claros, con quien me aferré a que fuera mi compañero de baile quitándoselo descaradamente a la compañerita a quien se lo habían asignado para el festival del 20 de noviembre en donde bailaríamos las niñas vestidas de adelitas y los niños de revolucionarios, me pregunto en dónde habrá quedado esa niña que abogaba por obtener lo que más quería.

            Retomando el recuerdo mientras seguía devorando mi helado de plátano, ese kinder fue la primer escuela a la que asistí en mi vida, hasta esa edad había estado siempre con mi mamá, nunca estuve con niñera, tías, abuela, siempre mi mamá, ya que mi pequeña familia de 4 vivíamos solos sin familia en esa ciudad, por lo menos gente que mi mamá considerara familia de confianza y mi papá había decidido quedarse a vivir en estados unidos de donde mis hermanos y yo somos oriundos, de la hermosa ciudad de Chicago, Il.

            Entonces, el día que mi mamá decidió que era tiempo de llevarme a una escuela a compartir mi tiempo con otros niños de mi edad y comenzara mi educación a manos del sistema, para mi fue una cruel traición por parte de ella, si, el lugar era bello y divertido, mi maestra que ese día del helado a mis trece años recordé usaba mucho maquillaje, sombra azul brillante, que decoraban una mirada de paciencia, una piel muy blanca que simulaba la leche que desayunaba todos los días para crecer grande y con huesos fuertes, su cabello corto color castaño que rodeaba sus mejillas con un fuerte rubor rosado y una sonrisa cálida circundada por unos labios color rojo carmín intenso, usaba siempre faldas largas de flores con blusas de vestir en color que combinara con su falda, siempre amarrada con un cinturón ancho color café y una gran hebilla color plateada, de los zapatos, eso si no los recuerdo.

            Una maestra muy tierna, de esas que fueron horneadas con una masa casera deliciosa y mucha azúcar, para endulzar el paladar de cualquier niño que tuviera la suerte de estar bajo su tutela. Pero nada de eso importaba, mi mamá me había abandonado y eso, eso no se le hace a los hijos que se quieren, me dejó en un lugar lleno de extraños, lo natural fue llorar desconsoladamente todo y cada uno de los días que sucedieron a la primera vez, como si mi memoria olvidara que al final de un periodo mi mamá regresaba por mí, pero no, mi dolor fue tal que las lágrimas no se me acabaron en la semana.

            Por fin llegó el viernes, obvio a esa edad desconocía el cambio e importancia de los días, yo sólo sabía que mi mamá me abandonaría nuevamente al salir el sol. Pero ese viernes cuando mi mamá me recibió con los brazos abiertos y una gran sonrisa en los labios, vio mi rostro enrojecido e hinchado y escuché como mi maestra le decía a mi mamá que otra vez había estado llorando al principio y al final del tiempo de mi estancia en la escuela, pero que en el inter me había integrado bien a las actividades y mi estado de ánimo iba mejorando con los días, yo solo entendí la parte de que lloré y me dio mucha pena, al grado de querer llorar nuevamente, mi mamá agradeció las palabras a la maestra y al cruzar la gran reja de acceso a la escuela, justo del otro lado, parecía un mundo distinto, había mucha gente con otros niños, corriendo, felices, había un señor con globos y juguetes inflados, otro con dulces de azúcar en bolsas de celofán en colores azul y rosa, otro que vendía manzanas cubiertas con caramelo o chile, entre otras cosas, muchos colores, muchas figuras, muchos sonidos, risas, campanitas, gritos, pero fue un sonido el que llamó más mi atención, el sonido de una bocina como la que usan los payasos, con una parte de plástico blanda que presionan para que salga el sonido por la parte cónica de metal, un sonido muy escandaloso pero divertido, que siempre me hacía reír, cuando lo escuché mi ojos giraron a la dirección de él inevitablemente, un carrito blanco muy modesto, empujado por un señor ya mayor, mi mamá notó la dirección de mi mirada y me preguntó - ¿te gustaría un helado?, te lo ganaste por portarte bien- ¿qué niño, a los cinco años, va a decir que no a esa pregunta?, con el calor que hacía, era merecido y necesario, a lo que mi respuesta fue empezar a jalonear a mi mamá en dirección al carrito de helados, pero mi mamá no corrió tan rápido como yo quería, así que lo solucioné, soltando su mano y corriendo cual caballo desbocado hacia dicho carrito. Para cuando mi mamá llegó el señor ya me había recitado todos los sabores de los cuales solo reconocí el del plátano, porque, ¿qué era un mamey?

¿A qué sabría un helado de queso?, wuakala, ¿verdad?, entonces de plátano fue y para mi suerte el sabor no me desagradó en lo absoluto, mientras comía mi helado muy feliz caminábamos juntas rumbo a la escuela primaria en donde estudiaban mis hermanos mayores, que se encontraba a unas pocas cuadras y Cd. Victoria, siendo una ciudad muy tranquila en aquél entonces, disfrutamos de caminar juntas esa distancia sin importar el calor que estuviera haciendo, yo aprovechaba para atragantarme con el helado y platicarle a mi mamá todo lo que había realizado durante mi estancia en la escuela con lujo de detalles.

            Recordé que esa calle estaba llena de grandes árboles que tiraban distintas formas de hojas y de distintos colores, lo cual hacía más divertido el camino, porque podía inventar juegos como si pisábamos las hojas nos moríamos o si nos tocaban los rayos que penetraban las copas de estos árboles para llegar hasta el piso por donde pasábamos, nos quemábamos, o, podíamos disfrutar de ver todos los pajaritos que vivían o se ocultaban del sol entre sus hojas y ganaba la que encontrara más o coleccionar hojas de distintas formas y si tenía suerte hasta algún insecto podía encontrar posado en la corteza de alguno de estos grandes y viejos árboles

            Para cuando llegábamos a la escuela de mis hermanos, escuela que cabe mencionar me daba terror, por la gran cantidad de gente que salía de ella, niños todos más grandes que yo, sudados y oliendo muy mal, gente que se amontonaba a comprar todo lo que se ofrecía a las afueras de esta escuela también, churritos con salsa, que no son nada más que harina frita, aguas frescas de sabores, naranjas o mandarinas con salsa, raspados de hielo con diferentes sabores - esté es otro tipo de bebida a base de hielo que se raspa con una herramienta especial de un gran bloque que traen consigo los vendedores, el hielo raspado se coloca en un vaso y tu escoges el jarabe que quieres que le pongan a ese raspado, vainilla, fresa, limón, tamarindo, entre otros- pero para cuando salían mis hermanos de la escuela era tanta la gente amontonada en cualquier producto que se ofreciera, que a mis hermanos nunca les tocó se les comprara algo de premio como a mí.

            Y esa se volvió una rutina, que hizo que mi estancia en el kinder, aunque corta, fuera de las mejores de mi vida, de empezar como una gran tragedia para mí, terminó siendo un tesoro, por esos momentos en donde mi mamá y yo caminábamos tomadas de la mano comiendo un helado de plátano y platicábamos de todo lo que habíamos vivido el tiempo separadas.

            Para cuando terminé de saborear ese primer gran bocado que le di a mi helado de plátano después de 7 años de no haberlo comido, las lágrimas rodaban por mis mejillas sin que yo lo notara a tiempo antes de que mi mamá las descubriera.

            Ya en la comodidad del auto que manejaba mi mamá y sin testigos que vieran mi pena, le expliqué a mi mamá todo lo que había recordado.

            Ese momento decidí que era perfecto para abrazarla y darle las gracias por ser una mamá tan buena conmigo y que definitivamente el helado de plátano era el mejor sabor del mundo.

            A esta fecha, tengo que cerrar diciendo que tengo más de 10 años que no como helado tradicional sabor plátano, pero buscando un lugar en donde disfrutar uno en donde vivo ahora, descubrí que siguen estando esos mismo helados que abrieron hace más de 25 años en Cd. Victoria y para mi alegría, siguen vendiendo mi sabor favorito, lástima que tenga que ir a visitar un lugar del que hui cuando tuve oportunidad, solo para comer ese helado.

 

Issabella Jáuregui. Febrero 2022

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