Tras de mí

    Manchester no era la ciudad que había imaginado. Siempre que pensaba en ella, se me venía a la cabeza una vibrante y dinámica ciudad inglesa, llena de modernidad y ese estilo chic con el que solía relacionar a todo lo inglés. Sin embargo, el primer paseo por el centro de la ciudad me hizo notar mi error. Si bien la ciudad no era fea, un rastro de hollín por aquí y por allá, edificios de lúgubres colores y una desagradable sensación de misterio hacían que tuviera un toque tétrico que no me terminaba de agradar. Y más aún después de lo ocurrido a mi llegada.

    Desde Londres, el viaje a Manchester tomaba cerca de dos horas y media en tren. Mi avión había aterrizado puntual en Heathrow, pero la larga cola de migración hizo que me demorara en abordar el metro y, por ende, el tren con destino a Manchester. Un hombre de facciones toscas y pelo alborotado había sido detenido por los oficiales de migración en una de las ventanillas, lo que derivó en una considerable demora para los demás pasajeros. El ardor que tenía en el estómago en ese momento, gracias a una desafortunada gastritis, iba aumentando cada segundo. Como estaba cerca de las ventanillas de migración, pude escuchar al detenido que, farfullando en un inglés precario, aseguraba que él no tenía nada que ver con el asunto y que solo viajaba a Londres para ver a su hija. A juzgar por la expresión del oficial que lo interrogaba, no quedaba claro a qué se refería con lo de “asunto”, pues en su rostro se dibujaba la más profunda de las sospechas. De hecho, ya había llamado a la policía aeroportuaria para que se llevara al detenido a otra sala y dejara fluir la ola de viajeros que se seguía acumulando en las filas de migración.

    Por fin llegó mi turno, y un oficial de expresión inescrutable solicitó mi pasaporte con un imperioso movimiento de la mano. No pude evitar reprimir una mueca de dolor a causa de la gastritis, lo cual provocó que el oficial me mirara con sus ojos azules fríos llenos de reprobación. Al preguntar sobre el motivo de mi viaje, le respondí “turismo”, quizá muy apresuradamente porque volvió a posar sus ojos desconfiados en mi rostro. Preguntó a dónde iba y respondí que a Manchester, Nottingham y Londres. “Feliz estancia”, dijo al fin permitiéndome pasar, seguramente después de decidir que yo no era una sicópata intentando derrocar a la monarquía. Mientras me alejaba a toda la velocidad que mi dolor de estómago me permitía, oí los gritos de aquel hombre detenido con anterioridad.  

Encontrar la parada de metro no fue difícil, pues la entrada estaba a unos pasos de la puerta de salida del aeropuerto. Abordé en el metro rápidamente y consulté en un mapa, pegado cerca de una de las ventanas, mi parada de destino: Euston. Se trataba de una estación que integraba al metro con los trenes y autobuses con destino a otras ciudades. Mientras el metro traqueteaba avanzando por las desaseadas y desoladas afueras de Londres, me preguntaba qué habría sido del hombre detenido en Heathrow, aquel que no tenía nada que ver con el “asunto”. Consulté mi reloj: llevaba media hora en viaje y tenía algo más de 20 minutos para llegar a Euston.  Mi gastritis empeoró al pensar en la posibilidad de perder el tiquete que me había salido en casi 100 libras (unos 150 dólares). Tenía que llegar a tiempo.

    Tras un traquetear sin fin del metro, personas subiendo y bajando aceleradas y mi estómago a punto de reventar del dolor, llegamos por fin a la estación de Euston. Me bajé lo más pronto que la turba que subía me permitió, y siguiendo la señalética de la estación, me dirigí corriendo a la sección de los trenes. Mientras corría, iba repitiendo en mi mente las instrucciones vistas en las señales: gira a la derecha, sigue recto, sube las escaleras, ahora a la izquierda, sigue hasta el fondo, nuevas escaleras, sube y ve a la derecha otra vez…y perdí la noción del tiempo. ¿No era tiempo ya de encontrar los andenes? En ese momento no lo sabía, pero Euston era una estación gigantesca, conectada por un laberinto de escaleras y pasillos bajo tierra. Me demoré casi diez minutos corriendo a toda prisa hasta encontrar por fin la escalera que me llevó hasta donde estaban los trenes. Corrí como una loca hacia mi andén, esquivando una masa de gente congregada alrededor de una pantalla y viendo no sé qué cosa que había ocurrido hace como una hora en el aeropuerto de Heathrow.

    Justo a tiempo. El guardia estaba a punto de cerrar la reja de acceso a los trenes cuando llegué derrapando y casi sin aliento para abordar el tren. Una vez dentro, sentí un alivio indescriptible. Caminé hacia la mitad del tren y me derrumbé en el primer asiento libre que encontré. Como no había mucha gente en el tren, pude ocupar dos asientos contiguos: en uno puse mi equipaje y en el otro me recliné un momento hacia la ventana. Mi dolor de estómago no cesaba y me abrasaba el ardor. Decidí que era mejor comer algo antes de continuar el resto del trayecto, que tomaría unas dos horas. 

    Me levanté con las últimas fuerzas que me quedaban y me acerqué a un pequeño bar donde vendían sánduches, jugos y toda clase de cositas para picar. La chica que atendía el bar me atendió con cortesía, pero con despiste: estaba ocupada viendo un pequeño televisor portátil donde narraban el caótico evento ocurrido en Heathrow. Un incidente con dos hombres en el control de migración, donde ―hasta el momento no se sabía cómo― uno había disparado a diestra y siniestra contra los viajeros. La balacera no había durado mucho, pues al parecer la policía redujo al hombre casi enseguida, pero desgraciadamente había durado lo suficiente para dejar dos muertos y varios heridos de gravedad.

    Sorprendida por la noticia y aún consumida por el dolor, volví a mi asiento con un sánduche de pollo y un jugo de manzana. Comí despacio, tratando de no pensar demasiado en el desagradable suceso del aeropuerto y luego me recliné en mi asiento. Por la ventana podía ver que pasábamos a toda velocidad por la campiña inglesa, la cual sí que era como me la había imaginado: vasta y apacible. Daban ganas de bajarse del tren y recostarse en la hierba, que era una alfombra verde claro y se extendía más allá de la vista. Algunas ovejas pacían tranquilas aquí y allá, y a pesar de que el cielo se mostraba de un color gris claro y amenazaba con lluvia, había rayos de sol que se colaban entre las nubes e iluminaban el terreno, dándole un brillo agradable. La vista era un deleite y era muy relajante observar desde el tren. Momentos después, comprobé con alivio que mi dolor de estómago empezaba a ceder poco a poco, posiblemente, debido al efecto de la hermosa vista.

    Cuando llegamos a Manchester, aún estaba agotada por mi largo camino. Llevaba al menos ocho horas de viaje entre avión, metro y tren. Mi dolor de estómago había disminuido considerablemente, pero aún sentía un ardor molesto. Tomé mi equipaje y desembarqué, y me preguntaba si sería sencillo encontrar el hostal donde iba a quedarme durante mi estancia de tres días. Subí las escaleras eléctricas que me llevarían a la salida de la estación, pero me detuve ante un nuevo grupo de personas que se agrupaban, ávidas, alrededor de una pantalla de televisión. 

    Hablaban nuevamente del atentado ocurrido en Heathrow. Esta vez usaron esa palabra en las noticias, “atentado”. En el noticiero mostraron los rostros de dos hombres implicados en el suceso. Reconocí enseguida al hombre que gritaba que no tenía nada que ver con el “asunto”, el otro era…no podía ser. ¿El oficial de migración que selló mi pasaporte? Incrédula, me abrí paso entre el grupo de gente y me acerqué para ver mejor. No había duda, su rostro inescrutable, ojos azules y fríos. Aquel era el hombre que había disparado contra varios pasajeros que se disponían a ingresar al país aquella mañana. Un ligero escalofrío, que no tenía nada que ver con el frío de la tarde, me recorrió por la espalda y decidí que era momento de seguir con mi camino. 

    Cuando me alejaba del grupo de televidentes, noté la mirada de un hombre desde lejos, apoyado en la esquina del mostrador de una cafetería. Parecía de unos 30 años, quizá más. Llevaba una chaqueta negra, pantalones del mismo color y zapatos deportivos blancos. Cuando notó mi mirada, apartó la suya rápidamente y fingió estar mirando los pasteles que exhibía la cafetería en su vitrina. ¿Era mi idea, o lo había visto antes? Cuando salí de Heathrow, apresurada para tomar el metro, me pareció haberlo visto en el vagón. Sí, definitivamente. Y después, cuando llegué a Euston justo a tiempo para embarcar en el tren, no fui la única: una pareja y un hombre solo también abordaron. No alcancé a verlo bien, pero me parece que el hombre llevaba la misma chaqueta que este de la cafetería. 

    Sin pensarlo demasiado, caminé a la salida. Noté unos pasos detrás de mí, pero seguí caminando. No puede ser, pensé. ¿Cómo es que un desconocido me había seguido desde Londres? El pánico me invadió. No podía hacerle notar que lo había descubierto, así que seguí adelante. Pensé que encontraría algún guardia cerca, pero no vi ninguno. Crucé la salida y me encontré en una calle amplia con poca gente que se dirigía a la estación. Noté un sonido extraño a mi espalda y volteé bruscamente. Aquel hombre tenía un cuchillo y se abalanzó sobre mí, pero mi maleta de ruedas interrumpió su maniobra y él cayó al suelo antes de llegar a hacerme daño. Grité con todas mis fuerzas, pero antes de que pudiese hacer algo más, agarró mi tobillo e hizo que cayera también. Giré el torso cuanto pude y usé el bolso de mano para golpearlo de lleno en la cara, con lo que el hombre gritó, pero no me soltó. Seguía asido a mi tobillo. 

    En ese momento pasaban un par de personas que al ver nuestra lucha se apartaron corriendo. Grité pidiendo ayuda mientras el hombre intentaba incorporarse. Con la pierna que me quedaba libre, lancé varias patadas a ciegas y logré acertar una en su nariz. Aulló del dolor y pude soltarme; sin embargo, él seguía con el cuchillo en mano y enloquecido por la furia se abalanzó sobre mí de nuevo. Logré esquivarlo rodando hacia un lado y me incorporé con dificultad. Entonces dos guardias aparecieron de la nada junto con dos policías y apuntaron a mi agresor con sus armas. Uno de los guardias se acercó a mí y me apartó de aquel loco. Mi gastritis volvió con más fuerza que nunca. Tardé un rato en recuperarme, estaba muy asustada. Manchester no era para nada la ciudad que me había imaginado. 

-Sayani

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