Santi y el eterno florecer
Santi y Alicia eran un payaso triste y una maga de recortes de papel.
Volaban, jugaban, lanzaban los dados y viajaban a las dimensiones del púrpura, dorado y ultramar.
El jugo del pomelo y de las uvas, dulce con toques amargos, los mantenía vivos y despiertos. Pero el sabor del jugo comenzó a apagarse, poco a poco, y se hizo tan desabrido que llegó un momento en que les parecía que bajaban grises asteroides lejanos a sus ojos, así que decidieron dejar de beberlo.
Y Santi y Alicia empezaron a sentirse diferentes. Sus cabezas, sus manos y sus pies se fueron entumeciendo como hojas de una planta alicaída, y descubrieron que sus mapas de papel, que con tanto esmero guardaban en el velador, se habían mojado y deteriorado de tal manera que ya no sabían dónde estaba el norte ni el sur, si miraban a la luna o a la estrella polar.
Y en esta confusión, los juegos y los vuelos acabaron por desvanecerse. Ambos se pasaban mirando, nuca contra nuca, a lo lejos, en el horizonte, cielos negros, color vino, esperando a que pasara un cometa de fulgor azulado que les diera una señal, única para cada uno.
Pero ese cometa nunca llegó.
Un día, Santi salió rápido, saltando alternadamente sobre un pie y otro, sobre el piso de hielo mordiente.
Poco después, Alicia se evaporó y se transformó en serpiente amazónica, sobre el cielo rojo anaranjado, y se perdió lejos…
Santi, el payaso triste, sentía su pecho de madera abrirse y crujir…
Decidió convertirse en agua y llamar a la Espiral azul de rocío para que lavara y purificara todo su ser. La Espiral vivía en diferentes lugares del Universo a la vez. En cualquier rincón donde hubiera agua, ella encontraba un hogar en el que movilizar y dar vida alegre y sanadora a lagos, ríos, marismas, deltas...
La Espiral amiga, tras ayudar a Santi con su envolvente, suave y a la vez penetrante torbellino de rocío de ríos verdes, espuma de mar y velos de cascadas, le llevó, ya de noche, junto a una hoguera, en medio de la selva cálida y húmeda, habitada por mil y un seres de hermosos y fascinantes cantos.
Allí, Santi conoció a Maki, un girasueños travieso, a Rita, la boxeadora de sandías y a la Increíble Sally Fuegoamable. Ella compartió con una ellos infinidad de trucos mágicos, recetas para crear estrellas y encantamientos y la manera de encontrar un preciso y precioso camino descendente y en espiral, desde sus frentes hasta el centro de sus corazones. Abrir, sanar, reír y bombear sangre alegre de cálido y luminoso amanecer.
Y Santi y sus amigos aprendieron a limpiar sus cuerpos con luz de estrellas fugaces amarillas desde el centro de sus cuerpos hasta los dedos de sus manos y sus pies. Y de sus frentes manaba brillante luz de todos los colores, creadora de dimensiones, universos y mundos maravillosos nunca antes vistos.
Y acabaron sanados y listos para llevar y compartir su resplandor interno con los demás, tocando magia, vibraciones de música que elevaba, ritmos de gozo y placer que siempre recordarían. Y cómo lograr una escucha muy atenta y sensitiva a ese camino preciso, en espiral descendente, entre sus frentes y sus corazones, hasta los infinitos aposentos y paisajes fractales que se expanden con absoluta libertad y alegría, por todo el espacio resonante y vibrante de luz dorada.
Ese regalo fue el más valioso para Santi, quien a partir de entonces decidió dejar brotar de su corazón una gran bandada de aves de color fuego carmesí, que siempre le acompañaría, aconsejaría y, sobre todo, le recordaría dónde está el misterio y la belleza del mundo.
Y de esta manera, Santi dejó de ser un payaso triste para llamarse Santi, Ave de FuegoRojo.
Y todo esto lo aprendió y, se hizo su carne, y el esplendor que sentía cada vez que cerraba sus ojos, prendía su alma y se sabía parte del eterno florecer.
Róber

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