Saludar a un payaso
Supe que estaba detrás de mí porque su olor anunció su llegada: plátano maduro, casi podrido, y algún medicamento infantil, de esos que te obligan a tomar cuando eres guambra.
—Acólate shincuenta shentavos,.
Puso su brazo mutante sobre mis hombros, juraría que su carne se pudría debajo de su chaqueta militar, para dejar espacio a que le crecieran unos tentáculos. Había escuchado tantas veces esa frase que sabía que era el inevitable preludio a un asalto.
—Chuta, broder, ahorita no tengo—, dije haciendo una mueca de falsa pena y buscando unas monedas imaginarias en mis bolsillos.
Estábamos tan cerca que no pude dejar de fijarme en su aspecto tan distintivo. El jean le llegaba a la mitad de las canillas y usaba zapatos amarillo muy grandes para él. Su cara era más llamativa que su pinta. Una media luna gigante, a la que le faltaba un pedazo, atravesaba su cara, de oreja a oreja. Sus ojos brillaban con una picardía que combinaba con sus zapatos. Usaba un bombín que descansaba sobre su cabeza, muy pequeño para ella, redondo como un pan.
Quise seguir caminando, pero sentí la fuerza inhumana de este payaso nocturno mantenerme ahí, en contra de mi voluntad. La calle no estaba tan oscura y su abrazo hacía que pareciera que estábamos conversando de algún tema trascendental como la amistad, la muerte o si se debe comer el aguacate con sal o con azúcar, como postre. Fue cuando ella apareció. Habíamos quedado en tomar unas bielas a unas cuadras de ahí y al ver que no llegaba rápido al punto de encuentro, decidió seguir la ruta más conocida hacia mi parada de bus, segura de que me encontraría en el camino.
Nos divisó. Esperaba que mi mensaje llegara telepáticamente, quería que se alejara, que huyera rápido y sin mirar atrás, que supiera que yo estaba dispuesto a sacrificarme por los dos. Siguió caminando hacia nosotros. Sonrió y el tiempo se detuvo, el miedo se derritió y su llegada silenció la noche. Pensé que en algún momento todo se saldría de control. Tun, tun, tun, tun, yo solo sentía mi corazón en los oídos. Estaba dispuesto a luchar hasta la muerte. No sabía cómo reaccionaría por defenderla.
—Sabía que te iba a encontrar por acá—.
Ella se acercó con los brazos extendidos. Sentí cómo el brazo mutante se aflojó. Yo intentaba disimular la lividez de mi cara y di el salto de fe, hacia ella. Pero el abrazo era para él.
La conversación duró una media hora, quizás. Se reían con cada palabra. Ahí. me enteré que el payaso había estado en Guayaquil, y que se había doblado la muñeca cuando se cayó mientras intentaba llevarse una moto. Resulta que manejar una no era tan fácil como decían. Los adioses duraron lo mismo. Cuando al fin se despidieron, el hombre estiró su mano y me obligó a apretarla; sonrió una vez más y destelló, no me había fijado de que además de faltarle un par de dientes, su sonrisa brillaba. Se despidió con su voz aguardientosa y se perdió en la oscuridad.
—No sabía que también le cachabas al Kid, esta ciudad es un pañuelo—. Ella negó ligeramente con su cabeza y sonrió.

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