Plataforma uno
Yo no la maté, él lo hizo. Por eso lo delaté. Cada uno carga hoy con diferentes culpas en el lugar donde está. No sé si él comprendió mi situación, pero no podía guardar silencio ante lo que pasó. No podía, nunca podré.
La cosa sería simple, yo tenía la llave de la casa de la vieja. Íbamos a entrar a la noche, sin romper ni forzar nada. Habíamos estudiado cada detalle. La vieja se acostaba, a más tardar, a las 22:30, terminaba de ver la novela en la cama. Minutos después encendía las luces del velador, leía un poco el diario, la parte de sucesos, chistes y el horóscopo, era el orden de su lectura. Después, se levantaba hasta el baño; bajaba las escaleras forzando ambos pies para que las pantuflas no se escapen. Tomaba un vaso de agua y regresaba a su habitación. Finalmente, apagaba la luz hasta el otro día, bien temprano. Nadie saldría lastimado, ella ni se enteraría del asunto. La plata no la necesitaba pero la quería, y si era suya. Pero ¿para qué tanta? ¿Para qué?
La cuestión era que la vieja, había vendido una casa de campo y además cobró una herencia… se juntó todo. Vieja incrédula de los bancos prefería tener la plata escondida en su casa, por toda la casa. Nosotros conocíamos cada escondite con precisión: debajo del colchón, lugar común, en las tapas de las luces, en frascos de mermeladas enterrados en el patio y detrás del cuadro pintado al óleo descolorido por los años, que se encontraba al lado del aparador. Sabíamos todo, claro no podía fallar absolutamente nada, el destino era manejado por nosotros.
A cada uno nos movilizaban distintos motivos, claro que ambos válidos, todo depende del lado en que uno se esté. Su hijo había nacido con una grave enfermedad, debía someterlo a una operación con pronóstico reservado, estaba sin trabajo desde hacía tres meses, solo se la pasaba de changa en changa pintando casas en los countries. Casas enormes que parecían mansiones ostentosas, con televisores y equipos de audio en cada habitación, jardines y piletas, con servicio doméstico permanente, eso no era todo la cocina, —¡Uy la cocina-! —, siempre decía, —Si la Clara viera esto, se cae de espalda—, era del tamaño de su casa, casita que logró fabricar en el fondo de la de sus suegros. Clara siempre fue ama de casa, había abandonado sus estudios, decía que no servía para eso y comenzó a trabajar en un negocito del barrio, al poco tiempo los dueños no pudieron afrontar el alquiler y lo tuvieron que cerrar.
Yo había terminado de estudiar en el terciario, busqué trabajo y nada. Pensé que esto sería una opción fácil, mal no haríamos a nadie. La vieja no necesitaba tanto dinero, pero era tacaña, odiosa, egoísta, tenía familia pero era solo para contarles a sus vecinas, de la boca para afuera, por dentro no le quedaba nada. Yo había terminado de estudiar, a duras penas, pero bueno eso no importaba el cartón lo tengo y eso es lo que vale. Quería irme a la mierda, mochila al hombro porque todo lo que tengo cabe ahí, un peso lo suficientemente modesto para cargar en el largo viaje y recorrer Latinoamérica lugar por lugar, pueblito por pueblito. Ella tenía demasiado dinero y poca vida, en todo sentido lo digo.
Nunca habíamos hecho eso, ni se nos cruzó en algún momento por la cabeza, siempre hicimos lo legal, pero los zapatos comenzaron a apretar. Pensamos antes muchas alternativas, uno no nace así, se hace o lo hacen las circunstancias… no sé… no sé.
La tarde anterior nos encontramos para repasar el plan. Toda nuestra vida se veía reflejada en cada palabra, en cada historia, juntos compartíamos infinidades de cosas. Sabíamos que después de esto lo más conveniente sería dejar de vernos por algún tiempo, evitar cualquier tipo de contacto era lo más seguro .
La noche siguiente, ingresamos sigilosamente a la casa. Cada uno tenía lugares asignados para sacar la plata, un bolso y una media en el rostro que impedía que nos reconozca, como en las películas que solíamos ver juntos los sábados por las tardes. No sé porque pensé en ello en ese momento, y creo ahora que él también pensó lo mismo, porque sus ojos me miraron húmedos sin fingir la emoción que sentía. El dinero de la planta baja ya lo teníamos, el del colchón sería más difícil. Él subiría a la habitación, la vieja dormía del lado derecho de la cama, la guita estaba del otro lado, sería un movimiento rápido, casi fugaz, ella no sentiría nada. Y nos iríamos como entramos, por la puerta principal.
Entró a la habitación, ella dormía con respiración lenta y profunda, por momentos el cuerpo hacía suaves movimientos, como golpecitos eléctricos. Levantó suavemente el colchón y los lentes de la vieja se cayeron al piso, sacó la plata que estaba envuelta en una bolsa de naylon del supermercado, dio dos pasos hacia atrás y sus pies encontraron los cristales de los lentes. El estrepitoso ruido la despertó, se incorporó y con una voz ronca comenzó a gritar, encendió la luz.
—¡Qué hace, qué hace!, Apague la luz, se queda quieta que acá no pasa nada.
A pesar del rostro cubierto, la voz inconfundible de su hijo mayor fue reconocida de inmediato.
— Hijo, ¿qué te pasa, qué estás haciendo? Sos un hijo de mil puta, le estás robando a tu propia madre.
— Ahora yo soy el hijo de puta, vos nos abandonaste por irte quien sabe a dónde. Nosotros éramos chicos, vos no entendés nada, nunca entendiste nada, ni vas a entender. Qué creías que volviendo cinco años más tarde todo iba a seguir igual, que seguiríamos siendo una la familia feliz. ¡Sabes las veces que encontré al viejo, llorando por tu culpa! No, no sabés, lo único que te importa es tu reflejo en el espejo, ni siquiera fuiste capaz de conocer a tu nieto.
El destino se apropió de cada detalle que planeamos, ya no éramos dueños de la situación ni de nosotros mismo. Los sentimientos, las emociones, los rencores, lo no dicho, fueron más fuertes que el razonamiento…
Mientras yo aguardaba en la planta baja, sentado en la penumbra de la noche, en el mismo rincón que lo hacía cuando era chico, tapándome los oídos para no escuchar tanto daño. Cuando de golpe el sonido de un disparó hizo la noche más oscura. A los pocos minutos él bajó las escaleras lentamente apoyándose en la pared..
Tomó el bolso, con mucha quietud me dijo, —Quedate tranquilo hermano, era ella o nosotros.
De pronto, mis manos oprimieron su delgado cuello y las marcas comenzaron a hacerse más visible, él no atinó a defenderse y eso me dio miedo. Me miró con aceptación, aliviado buscó entregarme el bolso: —Hacé lo que tengas que hacer pero dale esto a la Clara.
Desde hace 5 años todos los domingos llego a las 13: 45 a la terminal de ómnibuses, me dirijo a la plataforma uno y esperó el colectivo. Viajo 40 minutos por un paisaje desolador lleno de encierro me espera por poco tiempo. Ya no tengo la mochila en mi espalda, solo me acompaña una colorida bolsa a rayas y en su interior un kilo de yerba, azúcar, jabón, una maquinita de afeitar… No llevo muchas cosas, pero la bolsa siempre está pesada.
Lorena Codosea

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