Llueve
Llueve. Comienzo a sentir el olor de tierra mojada por cada poro de mi piel. Preparo café. Apoyo mi mejilla en la ventana fría, mientras uno de mis dedos intenta adivinar el destino de la gota que se encuentra tras el vidrio. Ella zigzaguea, no acierto su rumbo. Tampoco el mío. La gota se contrae en su centro, las moléculas se unen para mantenerse estables, todo esfuerzo es en vano.
Llueve, lloverá toda la noche. El frío que comenzó en mi mejilla se traslada a todo el cuerpo. Recorro el cuarto en donde estoy, también así mi vida. Pienso en la nostalgia como esa gota que acaba de caer, dejando una fugaz huella que cala lentamente en la pared de la memoria donde el deseo añora lo que no fue, dejando una grieta imperceptible por la que puede fugarse casi todo.
Llueve y esta noche vendrás a visitarme. Lo sé, no me preguntes cómo, simplemente lo sé. Dejo la puerta abierta, para que tu llegada sea calmada, sin prisa. Yo te espero. Evitaré hacer ese ritual ridículo; solo para demorar tu presencia. No tomaré el vaso de leche fría, con los pies descalzos a lado de la heladera. No estaré con la luz encendida simulando leer un libro. No daré esa última vuelta por la casa para verificar por cuarta o quinta vez que todo esté en su sitio. No buscaré al gato para que duerma sobre mis pies, aprendí a esperarlo.
Llueve y la noche me trae el sonido de cada gota que cae. Te observo desde la puerta, tu sombra se desdibuja en la penumbra. Te acercas sigilosamente, vienes a mí y te espero. Esta vez no me revolcaré en la cama tapándome hasta la cabeza para no sentirte, a partir de ahora las cosas serán distintas, debes saberlo. Hoy dejaré de ser cobarde, sin llegar a ser valiente, queda mucho camino para eso.
Llueve y puedo sentirte cada vez más cerca. Traspasas el umbral de la puerta, te sientas en mi cama, te acomodas en los mullidos almohadones, desafiándome. Me provocas como si fuera una fiera enjaulada buscando libertad tras el látigo amenazante de su amo. Es la primera vez que veo tu apariencia. Ya no tengo miedo, ya no siento el latir descontrolado de mi corazón, ya no siento el sudor correr por mis manos, no me quedo agazapada en la oscuridad simulando dormir. Te miro, me muevo, te busco. Hoy yo decido. Hoy no venís a buscarme, hoy nos encontramos.
Llueve y te siento cansado, te siento amigable, te siento como esa gota en el frío vidrio. Llueve y pasarás conmigo toda la noche. Miro tus ojos y antes de que te desvanezcas te abrazo, el insomnio comienza a dormirse lentamente sobre mí. Me pregunto ¿Cómo amanece cuando no hay sol?
Lorena Codosea
Patricio Vélez

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