La traición

    ¡Qué hijadeputa!. Lo hizo cuando ya le había agarrado confianza, cuando ya me había despistado y bajado mis defensas. Seguramente, estuvo analizándome todo este tiempo, estudiando mis puntos débiles, mis tiempos, mis rutinas. Y mientras tanto yo pensando que estábamos haciéndonos amiguis. Esta man es de las que siempre he envidiado, reina del universo, no necesita empatizar con nadie, todos pagarían lo que fuera por un microsegundo de su atención. La man nunca dice nada, de hecho creo que no conozco ni su voz y nunca le he visto mostrar una emoción en su vida, es neutra, todo le resbala. Tampoco sé qué le gusta, bueno, no sé si le envidio tanto eso.

    Tiene cuatro soldados que siempre están a su disposición, con una fidelidad, que no sé cómo la consigue. Los manes son unos yunques, supertucos, tipo guardaespaldas, uno en cada punto cardinal. Ni se inmutan si la man no les dice nada. 

    Y es foco, porque las armas estuvieron siempre ahí y no las ví. Nota mental: quizá sólo veo lo que quiero.

    Me da risa conmigo. Desde ese día la veo como mi enemiga, estoy atenta, con lo despistada que soy, imagínate el miedo que le tengo. Estoy resentida de verdad, dolida, con rabia que además no puedo encauzar directamente con ella porque le vale todo lo que le digo.

    ¡Maldita cama!

    Con sus maderas ahí lacadas y lisas, superperfectas, bonitas.

    Y lo que hizo fue, una tarde cualquiera, en la que tenía que salir volando, porque estaba atrasada, una de las esquinas, inteligentemente camuflada por el inofensivo edredón esponjadito y blanco, se cruzó con mi rodilla, la mala, justo en la parte más sensible.  Llegué más tarde de lo que ya estaba, claro. Qué dolor, qué iras. 

    Y no le perdono, así de resentida soy, con las camas.

Malu.

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