La edad del sueño
“Han venido
a incendiar la edad del sueño”
Alejandra Pizarnik
Se arremolinan, se agolpan, marchan con ímpetu, con energía.
Se juntan, caminan a la vez, en sincronía.
Se agolpan y giran las esquinas al mismo tiempo, toman las calles, invaden la calzada, no les importa que por allí circulen automóviles.
¿Dónde están los carros cuando las avenidas están rebosantes de personas, vivas,
que marchan en la misma dirección, convencidos y convencidas, sin ninguna duda?
Se van despojando de sus prendas del día a día, se desnudan, siguen caminando, mutan, se desarrollan, les crecen protecciones brillantes, vidrios reflectantes, alerones múltiples, turbinas, cascos, armaduras metalizadas, visores de colores rosado y anaranjado; y comienzan a transformarse, desatadamente, sus corazas; ellos crecen, se elevan hacia el cielo, despliegan ramificaciones, plataformas, dispositivos, propulsores de queroseno, mamparas protectoras... En un momento ya sus depósitos liberan el combustible, las llamaradas son expulsadas por los motores, fulgor, todos los meta-humanos con sus blindajes blancos y de color amarillo, rosado, verde, azul... Ya saltan hacia el cielo, todos y todas con una determinación, un objetivo claro: llegar alto, muy alto, llegar muy lejos, y cuando estén a cientos, miles de años luz, estallido absoluto, explosión, conexión de detonaciones en cadena, reventando la oscuridad del cielo, pues ya es la hora de la ruptura y el rasgar del silencio y la noche, es el momento de quebrar el gran caparazón cósmico para ver la cara, los rostros, las miradas, los brillos en los ojos, descubrir, ver, alcanzar, nacer al canto vibratorio de las infinitas voces que nos guían al origen, a la semilla, que es árbol, que es fruto, que es tierra, la semilla de luz que nos baña y nos abraza con incontables brazos de hilos de plata con sus tañidos de información que rítmicamente van resonando, los meta-humanos llegan hasta ese cielo áureo y de claridad ambarina, y van pasando sus ojos, sus frentes, sus mentes, por los argentinos flujos que llevan luminosidad dorada, torrenciales ríos de conocimiento, experiencias, historias, saberes, sentires…
Necesitan vivirlo todo, recibirlo, transformarse, para poder relatar, contar, crear, cómo es la esfera de luminosidad morada y de oro que crece sobre las manos que invocan, tras los ojos que ven el interior del resplandor deslumbrante, ven el inicio, la fuente...y saben que es su cometido sentir, recordar y compartir… el incendio cegador de la edad del sueño.
Róber

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