Hasta el próximo viaje

Él

La veo sentada al otro extremo de la sala de espera, jugueteando con una cinta que cuelga del asa de su maleta azul de mano. Su rostro se ve sereno, pero sus manos ansiosas la delatan.

Hace como diez minutos que una señora mayor (que se le parece mucho) se levantó del asiento de junto y aún no ha regresado. ¿Será que la espera a ella? La pantalla que informa la hora de salida de su vuelo indica que todavía queda más de una hora para empezar el abordaje, así que si su impaciencia se debe a la aún lejana hora de embarque, tiene desesperación para largo…

Ella

¿Por qué tarda tanto mi mamá en regresar? Ha dicho que iría por un café y un sánduche de queso y todavía no ha regresado. Su necedad de no querer comprar en la cafetería de junto me impresiona. ¿Por qué no quiso comprar ahí? “El queso no se ve bien derretido”, me contestó desdeñosamente cuando se lo sugerí. Vaya tontería. Lo que pasa es que se ha molestado porque le dije que el joven que atendía en esa cafetería me parecía simpático. Lo veo sirviendo café, bocadillos, dulces, refrescos… y siempre con gran diligencia y amabilidad.

Tiene una sonrisa cálida para todos los clientes, a pesar de que aún es muy temprano en la mañana y debe estar muerto de sueño, como casi todos los viajeros que tenemos el vuelo a las siete de la mañana. Debe ser difícil mantener esa actitud tan simpática durante todo el día. En realidad, sé que así es pues trabajé de mesera en una pequeña cafetería cerca de casa justo después de graduarme del colegio y recuerdo lo difícil que era ser amable todo el tiempo, en especial cuando había algunos que me sacaban de mis casillas. Es algo complicado, en verdad. Pero volviendo a lo anterior, pasan eones y mi mamá sigue sin regresar.

Él

¡Excelente! Otro capuchino del mejor café tostado entregado satisfactoriamente a un somnoliento viajero. Mientras, la joven de la maleta azul parece aliviada de ver a su ¿madre, quizá? regresar tras una larga ausencia. Ha vuelto con un café y con, lo que parece, un panini de cuatro quesos con tocino del Vuela Café, un pequeño local que queda más o menos diagonal a la tienda de revistas, al fondo de este pasillo. Sus paninis (tengo que admitirlo) son muy superiores a los que servimos aquí. Sin embargo, nosotros somos los reyes de los bocadillos fríos y del café filtrado. 

La recién llegada también trae una bolsa de la tienda de revistas. Ahora que las saca, me parece ver que se trata de toda clase de entretenimiento: crucigramas, sudoku y sopas de letras. No puedo evitar lanzar una sonrisa, pues su hija puso ojos en blanco nada más ver la colección de pasatiempos, lo cual me recordó mucho a mí mismo la última vez que viajé con mi papá a Madrid. Él hizo algo parecido: compró como diez revistas de pasatiempos y ni bien ocupamos nuestros asientos en el avión, se quedó dormido. Las revistas están ahora arrumadas en una esquina de su sala y dudo que haya resuelto más de dos crucigramas por revista. Y vienen como cien en cada una… En fin, cosas de padres.

Ella

¡No puede ser cierto! Mi mamá compró un cargamento de revistas para ―según ella― entretenerse en lo que dura el vuelo. ¡Pero bueno! ¿Qué tanto puede aburrirse una persona en un vuelo de una hora? Ya sé lo que va a pasar: vamos a abordar y entonces empezará con su cantaleta de lo caros que son los aeropuertos, que el bocadillo que compró le ha salido por el doble o triple de lo que le hubiese costado en un restaurante de “tierra firme” (porque el aeropuerto es un edificio flotante, claro) y de lo aburrido que es volar sin tener nada que hacer. Mientras, ya habremos estado volando cerca de media hora, al menos. Después abrirá una de sus revistas y se quejará de lo difícil que está el sudoku, que parece que hicieran los pasatiempos para no ser resueltos nunca. Y entonces cerrará la revista y dirá que va a dormir una siesta, la cual no durará ni media hora porque entonces habremos llegado a nuestro destino.

Me ha parecido que el joven que atiende en el De Altura Café ha sonreído al vernos. O quizá le sonrió a la chica que se acaba de ir comprándole un café grande, difícil decir. Y creo que esa chica se lo ha comprado sólo para acercarse a él con alguna excusa, pues estuvimos haciendo la fila para la revisión de pasaportes una detrás de la otra y a iba tomando un gran vaso de café cuando la vi. O tal vez no hay gran misterio y es una adicta al café. Quién sabe.

Él

Oh, oh. Creo que debí reprimir mi sonrisa de hace un momento. Ahora ella me mira con gesto adusto y las facciones se le han endurecido un poco. Bueno, quizá se deba a que su madre todavía continúa sacando más revistas de pasatiempos de la bolsa plástica que trae sobre su regazo. La joven parece interesada en el menú de la cafetería,aunque por un momento pensé que me estaba mirando, ahora ha desviado la mirada para ver  los rollos de canela del mostrador. ¡Y a quién no! Los primeros meses que empecé a trabajar aquí, tuve que hacer un esfuerzo sobrehumano para no comérmelos todos. Claro que también puede que le apetezcan los bocadillos fríos. Nuestro sánduche de pollo desmenuzado con mayonesa casera es una delicia. Bueno, parece que pronto lo sabré porque se ha levantado de su asiento, dejando a su madre con cara de enojo y se dirige hacia acá.

Juntos

―¡Hola, buen día! ¿Me ayudas con un capuchino y un rollo de canela, por favor? ―dijo Adriana cortésmente y curioseando el mostrador de arriba abajo.

―Buenos días, con mucho gusto. ¿Deseas extra canela en tu rollo? ―ofreció él.

―¡Guau! ¿Es eso posible? ―dijo ella sonriendo.

―Nunca es demasiada canela ―respondió él devolviendo la sonrisa. ―Son $10.99.

―Gracias, y te confieso que siempre he querido probar estos rollos, pero solo hasta hoy me animé a comprar uno ―comentó ella jovialmente.

―Y yo te confieso que me da gusto que hayas decidido probar uno. Son excelentes. ¿Vuelas seguido, verdad? Me parece haberte visto antes por aquí ―dijo él, con curiosidad.

―Sí, siempre viajo de Quito a Guayaquil y viceversa. Por el trabajo ―puntualizó ella―. Pero esta vez voy de vacaciones a Salinas, con mi mamá.

―Entonces será un vuelo corto ―comentó él sonriente―.  ¿Segura no gustas otro rollo de canela?

―No, con uno basta, gracias ―respondió―. Me gustó hablar contigo.

―Igualmente. Te veo pronto, en tu próximo viaje.

―Sí, seguro.

Él

¡Vaya, qué simpática! Pero yo me he portado como un lenteja al no decirle ni mi nombre, ni preguntarle el suyo. Bueno, ya sé que se llama Adriana porque lo vi en su tarjeta de crédito, pero hubiera sido de lo más raro decirle “adiós, Adriana” y luego pasar el chasco de explicarle que leí su nombre en vez de preguntárselo. Además, tengo que seguir atendiendo a los clientes y se hubiera visto demasiado raro empezar a coquetear mientras hay una fila de viajeros hambrientos esperando ordenar. Y sobre todo, no se me ha escapado ver que la madre de Adriana, la señora de baja estatura, ojos claros y facciones angulosas que la aguarda en la sala de espera, me echaba miradas furibundas de cuando en cuando mientras su hija conversaba conmigo.

Ella

¡Pero qué simpático! Y además está guapísimo. El cabello negro, corto y alborotado, el rostro delgado y los dientes muy blancos le dan un aire muy atractivo. Además, fue muy amable al atenderme. Sí, ya sé que es su trabajo hacerlo pero noté su sinceridad y un genuino interés al preguntarme si viajaba seguido. Quiero decir, no fue simplemente una charla vacía “para hacer conversa” sino que pude ver la curiosidad ardiendo como una llamita en lo profundo de sus ojos. Mi mamá me ha echado una reprimenda al regresar al asiento, diciendo que fui allá solo para molestarla, que me preguntó si tenía hambre hace un rato y que pudo traerme un café de la cafetería en donde compró el suyo. Le dije lo de los rollos de canela, que hace tiempo que quería probarlos, pero no me creyó. Dijo que lo que quería ya lo logré: hablar con Ricardo. No le pregunté su nombre, pero sé que se llama así porque lo vi en el gafete de su delantal. Y por cierto, me porté como una tonta, debí decirle mi nombre, pero por una parte no me pareció correcto demorar a los demás clientes por andar de coqueta y en especial porque al pobre señor que estaba detrás de mí le sonaban muy fuerte las tripas del hambre. Lo bueno es que estaré de nuevo por aquí muy pronto, claro, porque después de las vacaciones regresaré al trabajo en Guayaquil y de ahí volveré a Quito, y entonces podré hablar de nuevo con Ricardo sin mi mamá dándome lata. Aún sigue echándole miradas hostiles, aunque ya le he dicho que pare porque seguro que él se da cuenta.

Él 

La mamá de Adriana se ve furiosa conmigo. Estoy medio ahogado de la fuerza que estoy haciendo para no reírme de la situación. Es que es muy cómico, la verdad. La última vez que me miraron de esa forma fue cuando tenía unos doce años y le aventé, sin querer, un zapato en la cabeza a una vecina que pasaba por la calle. ¡No, no fue intencional, lo juro! Estaba colgando la ropa en la terraza y estábamos jugando con mi hermano un juego que nos inventamos: lanzarnos la ropa de una punta a otra de la terraza e ir corriendo a colgarla. Lo hacíamos para que la tarea fuera más entretenida. Entonces le aventé un zapato a mi hermano con tal fuerza que él decidió esquivarlo y el resultado fue que el zapato fue a parar a la calle, justo en la cabeza de la vecina Martita. Y la mamá de Adriana tiene esa expresión envenenada en los ojos que tenía la vecina Martita aquella vez. No sé, quizá no aprueba que su hija haya hablado dos palabras de más con el dependiente de una cafetería de aeropuerto, pero a mí me ha encantado hablar con Adriana. Es atractiva y se la ve muy carismática y descomplicada. Y conste que yo no ando coqueteando con cualquier chica que se me cruza. Es un interés genuino. ¡Ah, pero como vuela el tiempo! Ya mismo empiezan a abordar con destino a Guayaquil. Mientras, hay más clientes que nunca. El hambre acecha a esta hora en el aeropuerto de Quito.

Ella

Mi mamá sigue dándome lata con lo de Ricardo y aunque se le van los ojos por mi rollo de canela, se negó a probarlo cuando se lo ofrecí. ¡Es tan infantil a veces! Se la pasa diciéndome que viajo mucho, que trabajo demasiado, que no tengo amigos fuera de mi círculo de trabajo y que debería salir más. Y ahora que intento hacer un amigo nuevo, se pone tan pesada. ¡Ni siquiera hablé con él diez minutos! Pero dentro de todo, no me extraña que se ponga así. Es de las típicas mamás que quieren que una haga lo que ellas dicen. Ya ha intentado presentarme al menos a diez “potenciales novios”, como ella los llama, que no son más que pretendientes que ella aprueba por una u otra razón: porque tienen mucho éxito en sus carreras, porque son hijos de amigos cercanos a ella, porque tienen buenos empleos y negocios propios, porque están guapetones… Pero a mí ninguno de ellos me  interesa realmente. Mi mamá tiene un talento especial para escoger hombres que no son nada afines a mí. 

¡Uf, qué alivio! Por fin estamos abordando. Mi mamá dejó de atosigar con la mirada a Ricardo y ahora está ocupada recogiendo su bolsa con revistas e intentando que quepa en su maleta de mano. Mientras, yo me levanto y tengo ya el pasaporte y mi pasaje para abordar e instintivamente regreso a ver a Ricardo. ¡Y él está mirándome! Me ha sonreído desde el mostrador y ahora mueve su mano diciendo adiós. Le devuelvo el gesto. Tengo que volver a hablarle la próxima vez que esté aquí, está decidido. 

¡Oh, no! Mi mamá me acaba de ver y ya puso su cara de pocos amigos nuevamente. Vaya, vaya. Creo que me espera un viaje muy largo.


-Sayani


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