El día del puchero


Eran aproximadamente las 12:30 hrs cuando le tocaron la puerta, apoyó en la mesada la cuchara con la que removía un suculento puchero, abrió la puerta con su delantal en la cintura y el repasador en el hombro.

_ Disculpe señor Victorio, tiene una llamada urgente en los teléfonos del centro comercial. Es del hospital Córdoba.

Revoleó el repasador, tironeó el delantal y salió corriendo por el pasillo, dejando la puerta de su departamento casi abierta y pasando al mensajero.

Unas aceleradas campanadas golpeaban su pecho y subían a su garganta, mientras sus manos exigían a los bolsillos la aparición de la etiqueta de cigarrillos para afrontar esta comunicación.

_ Señor soy la Doctora Del Milagro, quería comunicarle que su niña está esperándolo en el hospital.  Es una bebé ochomesina de dos kilos y medio, prematura, que responde muy bien a todos los estímulos, tiene un buen estado clínico. El horario de visita es a partir de las 14:00, traiga las muditas de ropa. Los esperamos.

 En la oscuridad de sus ojos, la luz estaba encendida, entre lagunas y mariposas, entre lluvia y arco iris. Y, prendiendo el deseado cigarrillo, sollozó ante el abrazo del mensajero mientras los espectadores clavaban sus reflectores en ese hombre cascabel que intentaba retirarse para los preparativos.

Un sueño en el umbral, la cercanía de soltar la pajarera al viento … Ahora su dedo comenzaba a subir la puertita de la jaula.

 Al salir del habitáculo, sus piernas tenían un corso de cigüeñas que guiñaban sus ojos  con las alas hacia arriba, Enredado en sus pensamientos llegaba nuevamente al departamento tenía que hacer varias llamadas y ya se había retirado de ese teléfono disponible. Un aroma a repollo quemado le despabiló, había dejado el puchero en el fuego y en definitiva este ya tendría el amargo de la sorpresa mezclada con la incertidumbre. El color de su pelo, sus manos pequeñas, ¿Será feliz?¿Cuál será su nombre?¿Cuál será su nombre? El abanico de posibilidades no venía a su mente, pero su fijación fue haciéndose más presente al compás de un reloj eterno. Llegó a la habitación a manotear el bolso con todo preparado, hechó un toallón nuevo y se aseguró de buscar el paquete cerrado de cigarrillos, metió el atado de veinte en el bolsillo delantero y dejó en la silla de la cocina todo el arsenal listo. Tenía que volver de donde había venido, llamadas importantes tenía que hacer.  Su madre estaba primero en la lista, a la provincia de Buenos Aires viajaría la fiesta y la sorpresa. Cuanto sentimiento tienen las madres en algunos momentos sagrados, ¡su único hijo varón ya era padre! y sin más, volvió a salir corriendo por el pasillo tenía que bajar un piso pasó de largo la escalera y tomó el ascensor.

_ Disculpe que moleste nuevamente señorita, podría abrirme la puerta debo hacer unos llamados urgentes.

_ Cómo no señor Victorio, ya le abro.

 Metiéndose un poco brusco, se dirigió al teléfono que tenía detrás el mensajero de la primicia, le decían el Negro, y haciendo señas a lo sordo, el Negro entendió que después de esa llamada que atendía, necesitaba su teléfono.

La operadora comunicó el llamado a un almacén de ramos generales, los pulsos corrían y la espera del tono, que hacía el viaje majestuoso, llevara tiempo. El sonido le daba taquicardia a Victorio que sabía que nada es inmediato y, cayendo ante su realidad más profunda, solamente tendría que esperar. El rebote de sus latidos podía oírse en eco tras el tubo. Y el Negro tenía la avant-première de una película italiana, sin subtítulos. Las emociones explotaban frente a un hombre con traje de oficina, pero al ver una escena tan intensamente privada decidió retirarse.

 En esos tiempos todavía se respetaba al prójimo.



Soledad Salerno

Comentarios

Entradas populares