El compadre
Se rascó la cabeza a la altura de la sien. Frunció las pobladas cejas blancas que cruzaban su rostro como orugas peludas de las nieves.
Cómo tomaría María Luisa la noticia, de seguro se desmayaría.
Tal vez, le daría al fin la cachetada con la que lo amenazaba desde que estaban recién casados, amenaza que estaba reservada para las ofensas más extremas como entrar a la casa recién trapeada con las botas llenas de campo.
Acomodó el gorro rojo de lana que siempre usaba en los días fríos, ese que a la Vieja no le gustaba, ese que no le cubría la cabeza completa y dejaba ver a los lados unas buenas porciones de pelo blanco, ese que le hacía ver como gnomo de jardín, ese que de seguro no podría usar en la cárcel.
Creo que antes que de la reacción de la Vieja debía pensar en cómo darle la noticia.
Tendría que usar su voz más serena para no contagiar el nerviosismo. Tendría que decirlo todo en una sola oración, como una introducción a los detalles:
— Vieja, maté al compadre —. practicó en voz alta.
Volvió a fruncir las cejas, esta vez lo hizo con tal fuerza que el surco que había cultivado con los años se marcó. La Vieja le había dicho que podía sembrar papas ahí, no por la suciedad sino por la profundidad. Caminó dos cuadras con la cabeza agachada, practicando su voz más serena, giró a la derecha, saludó con la vecina de la esquina. Palpó sus bolsillos en busca de la llave. Se detuvo ante la puerta negra, respiró, profundo. y entró.
Irene Carrillo

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