El color del fantasma



En un pueblo inhóspito serrano, en los montes de la provincia de córdoba Cruz de caña” vivía un maestro. Esos Maestros con mayúscula, pues la única escuelita que funcionaba solo tenía una directora y al noble servidor. Su vocación era tan grande y el presupuesto tan corto, que el maestro dividía su día, el aula y a veces hasta su mate cocido. Todos los grados estaban a su cargo, trazaba con colores la pizarra dando clases en simultáneo con la ayuda de una caja de tiza, un lápiz bien gastado y mocho, un globo terráqueo y su guardapolvo, de alguna manera, blanco.

Era un adelantado, tal vez el satélite se conectaba directamente a la cabeza de ese hombre abriendo opciones donde todo parecía muy escaso. 

Al atardecer, despedía a los grados altos y algún que otro pícaro niño lo tuteaba de lejos, como se despedía de un gran amigo o quizás a la familia, cariñosamente.  - 

— ¡Chau Tatita! 

A lo que este respondía con una sonrisa.


Tatita era un hombre de 60 años llamado José, oriundo de otra localidad serrana Cruz del Eje. Se había recibido de maestro muy chico, a los 18 años, y viajó a la  progresista Ciudad de Buenos Aires dando clases en colegios primarios. Pero el destino quiso encontrarlo allí con otra cordobesa serrana también maestra, Clarinda. Ambos eran de pueblos vecinos, pero nunca se habían conocido.

Y casándose a la edad de 21 años, decidieron que las sierras los llamaban, la vida ajetreada de las grandes urbes no tenía paletas de colores cobrizos por la tarde, celestes infinitos y puros por la mañana. El mundo comenzaba de nuevo, como dice “Atahualpa” - estaba donde nací lo que buscaba por ahí.

Y volviendo a una casita de pueblo humilde, de calles de tierra y balcones de espinillos, cambiaron el asfalto y la gran escuela modelo por la rusticidad de la Madre Pacha.

Dicen …Dicen los lugareños y las comadres, que los días de viento un duende viaja con él, planeando los piquillines y la tierra agrietada del monte, buscando corazones brillantes bendiciendolos con una V, también dicen que quienes llevan esta marca pasan a ser inmortales, en algunos casos quedan tan extasiados y alegres que por sus ojos se desbordan chispas y pasiones. Algunos pueblerinos dicen haberlo visto en las inmediaciones de las taperas humildes de ancianos criadores de chivitos, otros que lo vieron en los pasillos del viejo e improvisado hospital, las comadres dicen que vive en el río, Clarinda dice, que tal vez José, algún día, se lo encontró.

José tenía  una extraña relación con las tizas de colores, con su oxidado globo terráqueo y su lápiz. 

Todos los días. José entrega un color a sus alumnos, los invita a señalar un lugar cualquiera del globo y a hablar sobre él. Desde las sillas y banquetas rejuntadas salen vuelos directos, no sin antes alzar el lápiz al cielo en señal de despegue. 

La tiza y su viaje se trasladaba a las casas de los alumnos, firmando el compromiso de entregar por escrito o en forma oral ese lugar que habían elegido y visitado imaginariamente. ¡Cuánta semilla repartía José con su tiza!

 Si que este hombre había quedado loco, tal vez Clarinda no se equivocaba.

José no solo tenía un corazón brillante, sino que contagiaba curiosidad por la vida, y embriagado del viento pasional con relieve de sencillez, sonreía.

Dedicó su vida a colorear este mundo y a los 75 años un duende fue a buscarlo a la escuelita, la polvareda agitó el patio y la bandera del frente.

Dicen… Dicen en el pueblo, también los pájaros tempraneros, que los días de viento pasea los montes un guardapolvo blanco, recorriendo los recónditos paisajes y que, desde sus bolsillos salen tizas de colores que siembran atardeceres más naranjas, amaneceres más nítidos y perfumados con historias. Que Clarinda estaba en lo cierto, José se había encontrado con el duende y lo había bendecido volviéndolo inmortal.



Soledad Salerno


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