¿Dónde estás?

Ahí va ella, la veo pasar, ajetreada. A pesar de que yo estoy muy cómodo aquí en la sala, en el sofá que tanto me gusta, me agrada seguirla y ver lo que hace por las mañanas en la biblioteca. 

En realidad, no hay un gran misterio en cuanto a lo que hace pues normalmente limpia y arregla. La biblioteca está hecha un caos desde hace un año y medio, mucho antes de que ella llegara a vivir a casa. El resto de la familia se dio gusto arrumando muebles, cajas y no sé qué más, y el resultado fue que el lugar se llenó de polvo y quedó reducido a una bodega. Las veces que he entrado, he visto muchísimos libros, mesas de todo tamaño, máquinas extrañas que no sé para qué sirven, papeles…Afortunadamente, también hay sillas con cojines muy cómodos donde se puede descansar un poco. La última vez que la acompañé a limpiar, la vi muy emocionada porque encontró una caja llena de cosas “interesantes”. O al menos eso dijo ella, que eran “curiosas” también.

―Mira todo lo que hay aquí ―exclamó extasiada al abrir la caja. Yo estaba entre dormido y despierto sobre uno de los pocos cojines que quedaban libres en la habitación y apenas levanté la cabeza para ver a lo que ella se refería. Era una caja de madera y dentro tenía libros con cubiertas muy elaboradas. Los otros libros que hay en la biblioteca son comunes y corrientes, con pastas duras o suaves sin gracia alguna, pero estos, de la caja, tenían formas extrañas, con distintas texturas y piedras de colores. Me acerqué para ver de cerca y no solo habían libros sino una suerte de palitos muy delgados de todos los colores.

―Es incienso ―dijo ella, descifrando mi cara de desconcierto. ―Hay que encender uno y saldrá un olor muy agradable ―continuó. Salió de la biblioteca por un momento y regresó con una cajita. Al momento hizo fuego con ella (a menudo hace cosas que no comprendo y me sorprenden mucho) y encendió el incienso. Este empezó a humear y el ambiente se llenó de un extraño aroma. No sé si me gustó o no, pero me adormeció, así que volví al cojín.

Supongo que ella siguió desempacando los libros de aquella extraña caja; en realidad no lo sé porque me quedé dormido. Recuerdo que soñé algo muy agradable esa mañana: estaba en un jardín muy grande y repleto de plantas de todos los tamaños. Un sol cálido cobijaba el lugar y un suave viento mecía las hojas de las plantas. Había una pequeña fuente en el medio del jardín y me acerqué a ella para beber un poco. El agua estaba deliciosa y muy refrescante. Después, caminé hacia un arbusto de hojas pequeñas y fragantes, muy frondoso, que proyectaba una sombra exquisita, y me tumbé debajo para disfrutar del cálido día.

De pronto, un sonido estridente me hizo despertar sobresaltado. Busqué a mi alrededor y descubrí que un libro de gruesa cubierta con piedras de colores había caído al suelo. El incienso se había consumido casi por completo y ella ya no estaba. Salté de la silla en la que me encontraba y la busqué por el resto de la casa. No había rastros de ella.

Regresé a la biblioteca y comprobé que aparte del libro que había caído, había otro más, abierto sobre el suelo. Me acerqué y lo olfateé: olía a ella. En una de las páginas, me pareció distinguir su silueta, que se movía delicadamente de página en página. “¿Estará atrapada?”, pensé. Decidí que sería mejor decírselo a alguien, así que fui a la cocina a ver a su madre. 

―Miau, miauu―. Al verme llegar su madre me acarició cariñosamente la cabeza y me ofreció un poco de atún. No me gusta mucho, así que lo rechacé e intenté que me siguiera hasta la biblioteca, pero no lo hizo. Los humanos son extraños, en verdad. ¿Acaso no pudo sentir la urgencia en mis maullidos?

Regresé de prisa a la biblioteca. Aún no había rastro de ella, de mi mejor amiga. Pero misteriosamente, el incienso volvía a estar encendido y el sueño me invadió de nuevo, así que decidí recostarme sobre uno de los cojines más suaves, sin quitarle la vista de encima el libro abierto en el suelo.

En cuanto a ella, ya aparecerá.


-Sayani

  

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