Claridad



Claridad

Sus ojos hablan de otras cosas, que los ojos son el espejo del alma es un engaño de los románticos. Dos fosas de agua clara no significan nada de cielo.

Claros con su fondo aterradoramente oscuro, semejante a la locura de los cínicos mitómanos.

El que tira la piedra sin manos.

Dos grandes claridades para bucear un viejo submarino confuso, indecente, inmoral.

Un obsesivo deportista mediocre, con proyecciones de cuerpos vanidosos y pelea de camisetas mojadas, tirones de pelo, y sonrisas de plata con una recepción de misses del inframundo con gritos de elogios para un ego incontenible.

Perfumado con fluidos cloacales nauseabundos, sus ojos claros cuentan glorias y montañas,

de cuellos almidonados y camisas  con arrugas internas profundas imposibles de planchar.

Su nudo de corbata es ficticio como su pésame por el archivo de una familia y su descendencia segura bajo la alfombra o en un freezer.

Sus ojos guardan un Don Juan con cara de nada, y detrás de sus gafas reserva secretos inimaginables, un stripper de miserias, un animal macho por excelencia, rodeado de hembras atentas, muy putas en la cama. Buenas hembras que atiendan, acongojadas, a las buenas costumbres, e independientes, que puedan jugar a la farolera y abrir la puerta para salir al cuento de la buena pipa.

Se presenta con sus ojos claros y su timidez como cortina a la que le faltó tela, detrás un arsenal de misterio con holograma de bondad, un actor de la atención con falta de sentido común, dueño de su propia iglesia, su libro sagrado, su espíritu santo.

La claridad de un obispo desconocido, con su verdad, con fe, sin cordura. Un reverendo, con su verdad, con su fe, y su cordura.

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