21 de diciembre
La noche del 21 de diciembre del 2001, ella se fue, sin poder despedirse, sin tomar la decisión de marcharse a un lugar que solo conocía por el nombre. La situación en el país era cada vez más crítica a nivel económico, la ciudad ardía entre llamas y gritos que pedían trabajo y comida. El emprendimiento familiar que comenzaba a asomarse de un día para el otro, comenzó a desmoronarse. La tía de Lucía les ofreció la posibilidad de una incómoda estabilidad en España, y eso era mejor que la incertidumbre que rodeaba a la capital porteña. Juntaron las pocas cosas que tenían, vendieron otras y Lucía se marchó con sus padres. Quedó ese sabor amargo cuando las palabras no logran salir de la boca, y te las tragas, una a una, hasta que estallan.
A Miguel lo habitaban los recuerdos casi de manera silenciosa y sistemática todo el tiempo. Pero cuando la realidad apremia el dolor debe adormecerse y hay que buscar salidas. La enfermedad de su madre cada vez avanzaba más y con un solo sueldo no bastaba para los numerosos gastos que se iban generando. Dejó Agronomía para manejar un taxi. Al principio se extraviaba por las anchas avenidas, desconocía qué calles separaba un barrio de otro, poco a poco se fue familiarizando Descubrió que las luces en la noche muestran las cosas de otros colores, que algunos silencios son ensordecedores, que hay personas que tienen una y mil historias que contar y otras que callar. Pero cuando pasaba por un lugar que habían recorrido juntos, inevitablemente bajaba la velocidad, abría de par en par las ventanillas y se quedaba ahí segundos pensando en nada, mientras el aire le acariciaba la cara.
Con el tiempo dejaron de comunicarse frecuentemente. Era inevitable sentir la necesidad de descansar en otro cuerpo, pero ese deseo se consumía rápidamente y volvían a mantener contacto a pesar de la distancia, esto los hacía volver a conocerse en cada encuentro.
Cuando Lucía recibió la invitación de la fiesta del casamiento de su mejor amiga, se alegró tanto, no solo por ella, sino porque era la posibilidad de encontrarse con Miguel. Hay decisiones que se toman en segundos pero sus consecuencias duran para toda la vida. Estaba dispuesta a emprender ese viaje.
El miedo nos acompaña incluso cuando nos olvidamos de su compañía, y justo en ese momento nos atrevemos a imaginarnos posibles finales, hasta que abandonamos esas ideas ridículas y solo esperamos que las cosas pasen.
Se encontraron en la iglesia mientras una misa superficial bendecía a los novios. Todo el tiempo se miraron y sus ojos reflejaban la nostalgia, el amor, el deseo, se hablaron sin emitir palabras. Ambos gozaban de la belleza que marca sutilmente el paso del tiempo.
Ingresaron al salón, solo para irse.
Caminaron abrazados, riéndose a carcajadas, los ladridos de unos perros hacían eco en la soledad de la noche clara. Se detuvieron en la puerta del hotel donde la habitación reservada los esperaba. Se amaron como nunca o como lo hubiesen hecho esa noche del 21 de diciembre.
Lorena Codosea

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